Nació en Barcelona el 20 de abril de 1893. Su padre era natural de Cornudella, un pequeño pueblo al sur de Cataluña, era orfebre y relojero, había abandonado el campo ante el atractivo crecimiento industrial y económico de Barcelona. Su madre, Dolors Ferrà, era mallorquina. Tras casarse se establecieron como comerciantes y artesanos y tuvieron dos hijos: Joan y Dolors en 1897.
La actividad profesional del padre; aunque modesta, resultaba más que suficiente para mantener un nivel de vida respetable.
La relación con su padre no siempre fue óptima. Como buen relojero, éste exigía a su hijo orden y método y quiso imponerle un oficio. Miró obedeció a su padre y fue a la Escuela de Comercio. Durante una temporada, trabajó como contable en la droguería Dalmau y Oliveres, pero no consiguió adaptarse a la rutina que este trabajo de oficina comportaba.
En 1911 enfermó de una depresión que se vio agravada por fiebres tifoideas. La familia de Miró acababa de adquirir una masía en Mont-roig, pueblo de la comarca de donde era su padre. Miró prosiguió la convalecencia, pintado y dibujando.
Con su ingreso en la academia de Francesc Galí, a la que asistió entre 1912 y 1915, Miró sentó las bases de su carrera artística. Halló un ambiente muy estimulante, ya que Galí se distinguía por su visión innovadora de la enseñanza, basada en el fomento de la interdisciplinariedad y el conocimiento de las tendencias contemporáneas.
Guiado por Galí -que en ocasiones pedía a sus alumnos que
dibujaran objetos que únicamente habían palpado con los ojos cerrados para
potenciar su imaginación-, el artista fue capaz de mejorar su técnica, que
era especialmente limitada en lo que respectaba a la reproducción de la figura
humana y la perspectiva.
“Toda mi obra ha sido concebida en Mont-roig”
Los abuelos de Miró compraron una finca al Marqués de Montroig, en la localidad homónima, en la provincia de Tarragona, y que se convirtió en la casa de veraneo de la familia.
Estaba vinculado a este territorio y a sus colores: rojo (de la montaña), verde (de los bosques) y azul (del mar), y en toda su obra se repite escenas de la naturaleza, donde se inspira para crear su obra. Él asevera que toda su obra se inspira en Mont-roig.
Se conserva la última hoja del calendario que no arrancó, de septiembre de 1976, el último mes que estuvo aquí.
Palma de Mallorca. Colección Pilar Juncosa de Miró
Tanto el peculiar uso de la paleta cromática como la disposición de las nubes en el cielo hacen perceptibles los ecos de Van Gogh en este lienzo, resuelto al base de un marcado ritmo compositivo en profundidad y no exento de una atmósfera surrealista.
Retrato de Enric Cristòfol
Ricart, 1917
Óleo y estampa encolada sobre lienzo,
81,6 x 65,7 cm
Museo Moderno de Arte en Nueva York
Presenta a su amigo con una camisa a rayas delante de una pintura japonesa de delicados tonos. También acentúa los rasgos con pinceladas negras y el artista compensa aquí el espacio vacío de la parte superior izquierda con una paleta de pintor. Los retratos realizados por el artista a lo largo de su vida artística tienen como denominador común un tratamiento brutal de la figura.
Período detallista
Miró pasó el verano de 1918 en Mont-roig, inspirado por el entorno rural, el artista emprendió un giro estilístico, abandonando el cromatismo estridente que había caracterizado a sus obras anteriores para introducir tonalidades más terrosas en su paleta.
Además de desprenderse de la influencia fauvista, en sus nuevas composiciones Miró se propuso conceder la misma importancia a todos los elementos, emulando el trabajo de los miniaturistas medievales y de los ilustradores japoneses, por los que profesaba una devoción especial. Consciente de que sus nuevas propuestas artísticas no serían bien acogidas en Barcelona.
Óleo sobre papel. papel sobre tela, 35 × 27 cm,
Fundación
Joan Miró, Barcelona.
El color no opera ya de manera independiente, como ocurría con los retratos de 1917 a 1918, sino que ayuda a subrayar la forma y da fuerza a la composición, ya sea el azul del vestido de la niña.
En el verano de 1918, tras el fracaso de su exposición en las Galerías Dalmau, Miró decide imprimir un cambio de estilo en su pintura. Pinta entonces una serie de paisajes procurando captar los más pequeños detalles. Retrato de una niña muestra esa minuciosidad.
Esta pintura concilia dos influencias. Una es el arte oriental, que seguramente conoce gracias a la estampa japonesa, muy popularizada por aquel entonces y perceptible tanto en el refinamiento del dibujo como en la hábil simplificación a la que somete el planteamiento naturalista. La otra proviene de los frescos románicos, que inspiran la serenidad de la composición y una sensación de intemporalidad, fruto de la mirada impersonal pero profunda de la niña, así como de la frontalidad, la severidad y la eficacia de una paleta muy restringida.
Este autorretrato, segundo de los que realizó el artista, forma parte de las denominadas «pinturas detallistas», realizadas con gran precisión y minuciosidad. A diferencia de otros retratos anteriores, que incluyen algunos elementos decorativos, muestra un fondo neutro. Debido a esto, a su composición frontal, a su apariencia de cierta ingenuidad y al predominio y la firmeza del dibujo.
La solidez de los volúmenes es aquí mucho mayor, sobre todo en el cuello y la cabeza, realzados por un cuidadoso modelado lumínico que los resalta con fuerza sobre el fondo bidimensional. El tratamiento de la indumentaria, la camisa roja, ribeteada en negro, deja ver una sutil descomposición en planos de origen cubista. Este lienzo fue comprado por Picasso.
La granjera (La masovera), 1922- 23
Óleo sobre lienzo, 81 X 65 cm Museo Centro Pompidou
Aferrado a su
realidad cercana , el artista nos propone la figura de la granjera realizando
sus tareas habituales en la cocina. La
estilización de los elementos es muy acusada, sobre todo en lo que atañe a los
objetos y a la decoración, esbozando ya la deformación de las formas que
culminará
La simplificación de lo real es llevada hasta una especie de purismos. A diferencia de la mujer, el gato y el conejo, los demás elementos que se integran el cuadro han quedado reducidos a simples esquemas geométricos. La estufa es un cono invertido prolongado por el tubo y el trapo colgado no es más que un triangulo.
El gato, el conejo y la granjera están simplificados y poseen una monumentalidad que en absoluto condiciona su expresión vital. Sin embargo, esta estilización crea una sensación de distanciamiento de la realidad subrayada por el aire ausente del personaje que da nombre al cuadro.
Óleo sobre lienzo 82,6 x 79,4 cm
Museo de Arte de Filadelfía, EE.UU
El ritmo potente e instintivo que domina el lienzo, basado en elementos decorativos, preserva su exuberancia del desorden y lo vincula estrechamente con la estética modernista.
La paleta de Miró es aquí la antitesis del sobrío cromatismo cubista, del que tan solo toma un geometrismo superficial.
Retrato de una bailarina española, 1921
Óleo sobre lienzo, 66 x 56 cm. Museo Picasso de París
La masía, 1921-1922
Óleo sobre lienzo 132 x 147 cm
Galería Nac. de Arte, Washington D.C
La obra que supuso la culminación de su etapa detallista. Evidenció en esa pintura su apego por la realidad cotidiana de la vida en el campo.
Dedicó largas jornadas a la elaboración del cuadro, que finalizó meses después en París.
El catalán, 1925
Óleo y tiza sobre lienzo 100 x 81 cm.
Cabeza de campesino catalán,
1925 Óleo sobre lienzo 92,5 x 73 cm
Galeria Nacional de Escocia, Edimburgo
Las series de Cabeza
de campesino catalán están ligadas a su pasado rural, son las que sirvieron de
puente hacía las pinturas oníricas de 1920. El uso más deliberado del color y
su mayor vivacidad.
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