1923 – 1934 El surrealismo
El surrealismo revolucionó la escena cultural de París en la segunda década del siglo XX. El movimiento estuvo liderado desde sus inicios por el poeta francés André Bretón, quien, influenciado por las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, defendía la validez del mundo de los sueños y de los impulsos irracionales.
Los artistas tenían operar al margen de los filtros impuestos por la razón y de las consideraciones estéticas y morales, accediendo directamente al inconsciente para expresar sus pensamientos con libertad.
Siempre atento a las corrientes intelectuales alternativas. Miró no tardó en aproximarse al surrealismo, en una evolución creativa que le llevó a redefinir completamente su estilo y a iniciar una nueva etapa pictórica dominada por la presencia de imágenes oníricas y símbolos cada vez más personales.
Tierra labrada, 1923 - 1924 Óleo sobre lienzo 66 x 92,7 cm
Museo Solomon R. Guggenheim, Nueva York
En 1923, un año antes de que André Bretón redactara el Manifiesto del surrealismo, Miró rompió de forma abrupta con su trabajo anterior para potenciar su faceta más imaginativa, poblando sus cuadros de figuras sorprendentes. El primer fruto de ese cambio de orientación fue Tierra labrada, un óleo iniciado durante el verano en Mont-roig que, a pesar de que remitía a muchos de los elementos presentes en La masía, se alejaba de la representación detallista de la realidad para ofrecer una visión poética del entorno rural.
Nos muestra su tierra natal.
Su espacio familiar, su hogar, desde otra perspectiva igualmente personal. A la composición suma objetos naturales y cotidianos como plantas, árboles, animales, un periódico, entre otros.
En la parte derecha de la composición encontramos el buey que guía al hombre, creando una simbiosis entre los dos sexos en el animal, creando un ser hermafrodita igual que el caracol.
Representaciones femeninas como son la cabra o yegua y masculinos como el perro o el gallo.
El sol en la esquina superior izquierda, mientras que la luna se sitúa en el lado oscuro, pero se representa como un fruto del pino, coronando la esquina superior derecha, “iluminando” con sus rayos.
En el plano inferior, bajo la sombra del pino vemos un lagarto representado de forma cómica, con un gorro de burro (de forma cónica)
sobre el periódico titulado “JOUR”.
El carnaval del
arlequín 1924 – 1925
Óleo sobre lienzo 66 x 90,5 cm Albright-KnoxArt Gallery, Buffalo
Otro avance de su trabajo de experimentación. En este cuadro el artista no se basó en el paisaje cotidiano de Mont-roig, sino que plasmó una escena completamente fantástica ambientada en su taller de París.
El arlequín adornado con unos grandes bigotes, un autómata que toca la guitarra, un gato persiguiendo un ovillo, una escalera con una oreja incrustada o una ventana. Asimismo, encontramos repartidos por toda la escena, diferentes insectos, peces, notas musicales o pentagramas, globos terráqueos, y figuras alargadas. Todos estos elementos simbolizan el hambre que padeció Miró en ese momento de su vida, situación que, según el pintor, le produjo diversas alucinaciones que intento plasmar sobre la obra.
La gama de colores utilizada por Miró es primaria. El azul, amarillo, rojo, blanco y negro crean un foco de atención sobre las figuras y la escena.
La Siesta, julio 1925 - septiembre 1925.
Óleo sobre lienzo 113 x 146 cm.
Museo Nacional de Arte Centre Pompidou, París.
Bajo la influencia del Cubismo. La sombra del azul es llamativa, los puntos en el marco parecen crear un movimiento. El artista tenía un profundo apego al color azul, era el color de grandes cielos, de los sueños y la subconsciencia. Siesta es parte de una serie de pinturas que Miró produjo durante este período de tiempo, que representan "imágenes del sueño" y "paisajes imaginarios". Estas obras coinciden con el viaje poético de Miró, mientras estudiaba poesía en ese momento. Las formas y líneas en Siesta parecen no estructuradas, pero ocultas dentro de ella es un ritmo poético de su propio: el globo rojo, las líneas, el fondo gris de texturas lencería flotan juntos en la yuxtaposición.
Las letras de un lenguaje hasta ayer desconocido forman enigmáticas fusiones: letra y número. Los escasos elementos que se recortan sobre el fondo no hacen sino acentuar la tridimensionalidad obtenida.
A pesar de la fantasía poética sugerida por el cuadro y la apariencia de una pintura incontrolada y nacida de un gesto instintivo, los estudios preparatorios de este cuadro, como de muchos otros, atestiguan su carácter reflexivo, su cálculo de las relaciones recíprocas hasta un equilibrio perfecto. Los cuadros del artista brotaban desde luego de su mente, pero se debían siempre a impulsos que partían de la realidad.
La suma / L'Addition, 1925
Óleo sobre lienzo pegado 195 x 129,2 cm
Museo de Arte Centro Pompidou
Miró elabora entre 1925 y 1927 un nuevo lenguaje poético “Pinturas de sueños”. “La Suma” / L’Addition revela un mundo oscuro, impulsivo e inquietante. El personaje pinta la cabeza verde que parece directamente inspirado del héroe Surmâle de Alfred Jarry. Extraños personajes con cabeza de habichuela evocando las marionetas de Ubu Roi.
1930 Miró y el uso de la cerámica y los textiles
Empezó a interesarse por otras disciplinas artísticas, como el bajorrelieve y la escultura, algo que más adelante irá en detrimento de la pintura. Desde 1931, el artista trabajaba a caballo entre Mont-Roig, Barcelona y París, pero gracias a Pierre Matisse, hijo del famoso pintor y grabador Henri Matisse, que se ofreció representar su obra en Estados Unidos, Miró pudo viajar a Nueva York.
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