samedi 1 novembre 2014

Historia de familia

Había bajado del barco con los últimos pasajeros, después de tirar de mi maleta por las interminables crujías de la estación marítima. Cuando salí, cansada, a la explanada, el único taxi a la vista arrancaba, lleno a tope de gente y de bolsos de viaje. Me dispuse a esperar el siguiente. Estaba sola, no se veía ni un alma en los parajes. Muy a lo lejos, detrás de unas palmeras, se divisaban unos humanos. Felizmente, la brisa de mar aliviaba el calor y me hubiera gustado descansar un poco, sentada, si hubiera sido posible, pero la ausencia de banco no me lo permitía,  así que me preparé a tirar de mi maleta hacia la gente lejana para que me indicaran una parada de taxis.
En este momento fue cuando un coche llegó, parándose en un chirriar de frenos. Bajaron cuatro personas, el chofer y una pareja con un chiquillo, riendo y discutiendo mientras sacaban el equipaje.
Unos minutos después, el chofer, un joven con una coleta sujetada por un collar de cuentitas de madera regresó, y se aproximó.
- ¿Qué está haciendo aquí, señora?
- Espero un taxi.
- Pero taxis, no los habrá en seguida, llegarán para el próximo barco, si quiere, puedo llevarla hasta la parada.
Mi asombro debió notarse ya que el joven me dijo:
- Sabe, hace más de dos décadas que no mato a nadie.
- No tengo miedo para nada, es que me admiro por su amabilidad. 
Reímos los dos mientras me acomodaba en el coche y él se ocupaba de mi maleta.
Entonces, como si nos conociéramos desde hacía tiempo, empezamos a hablar, de nosotros, de la ciudad, Alcúdia que yo no conocía y a la que, él, venía a pasar temporadas con su familia.
- Me llamo Antoni, soy artista, vivo en Barcelona. ¿Y tú? 
Hablamos de pintura, su pasión, de lectura, la mía, de nuestro entusiasmo compartido por los viajes, de los lugares a que habíamos ido.
- ¿Viajas siempre sola?
- No, pero tengo que confesar que, desde que lo hago, me gusta esta libertad.
- ¡Tienes valor para irte así!....
- ¿Solita y viejita? ¿Y tú, necesitas valor para hacer lo que te gusta?
- Ya estamos, ¿vamos?
Aparcó el coche, sacó mi maleta y fuimos hasta el primer taxi de la fila. Antoni me cogió por el hombro y, acercándose al taxista le dice:
-Hola, buenos días, ¡hombre! Mi tía va a Palma, pero no quiero que la pasee por la ciudad, para alargarle el trayecto. ¡Ojo! que ella conoce bastante bien el lugar.
Por poco, casi se mosquea el chofer:
-¡El precio lo marca el taxímetro, señor!                                                       
- Pues, bien.
Y, dirigiéndose a mí:
Extraída de internet
- Dime, tía, ¿no te falta nada? No se te olvide llamarme al llegar al hotel; ¿de acuerdo?
- Por supuesto, como de costumbre, y tú, ¿vas en seguida a la playa?
- No sé, ¿viste el cielo que se pone color de pizarra? Quizá espere a que pase la tormenta.
Entonces, nos dimos besos afectuosos y, ya cuando se iba, le grité:
- ¡Pórtate bien Antoni!
El taxi se colaba entre el tráfico cuando el chofer, mirándome en el retrovisor, me dijo:
- ¡Ah, señora, cuánto la quiere su sobrino!
                                                                               Mónica M.  

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